El mito de la Expedición de los Argonautas:
El mito de la Expedición de los argonautas resumido es como sigue: Atamas, rey de Tebas y casado con Nefele, tuvo un hijo, Frixos, y una hija, Helle. Luego, habiendo repudiado a Nefele, se casó con Ino, con la que tuvo dos hijos más. Pero Ino, queriendo eliminar la competencia que los dos primeros hijos de su marido suponía para sus propios retoños, convenció a las mujeres del país para que tostasen el trigo destinado a la siembra. Lógicamente, ese año el trigo sembrado no germinó. Y Atamas, ante el problema, decidió consultar al oráculo de Delfos. Pero Ino sobornó a los emisarios que volvían con la respuesta para que dijesen que el oráculo había dicho que debían sacrificar a Frixos y a su hermana y con ello cesaría el problema. Cuando iban siendo conducidos al altar para ser sacrificados, su madre Nefele, les hizo llegar un cordero, regalo de Apolo, con la lana de oro y la facultad de volar y que, transportándolos por los aires, los libró de la muerte. Mientras volaban hacia oriente, Helle se cayó al mar, precisamente en el estrecho que, en su honor, se llamó desde entonces el Helesponto o "mar de Helle", hoy estrecho de los Dardanelos. Su hermano llegó sano y salvo a Colchis, en el Ponto Euxino, actual Mar Negro, donde su rey Aietes, le dio la mano de su hija Chalkíope. Frixos sacrificó el cordero a Zeus y ofreció su piel o vellocino de oro al rey, el cual lo consagró a Ares y lo clavó en una encina sagrada del bosque dedicado al dios. Años después, y en otro escenario, un tal Pelias despojó del trono a su hermano Aisón, que era el rey legítimo de Yolkos, como sucesor del padre de ambos, Kreteus, y lo condenó a muerte permitiéndole que escogiese el modo de morir. El condenado eligió morir envenenado con sangre de toro. Pero antes, temiendo por la vida de su hijo Jasón, aún niño, lo encomendó al centauro Quirón, el cual lo crió en plena naturaleza, como hizo con Aquiles, con los Dióscuros Cástor y Pólux, con Hércules, con Esculapio, con Aristeo, hijo de Apolo y de la ninfa Kirene, con Aktaión hijo de aquél, y con otros héroes griegos, y le dio una educación profunda y viril. Este centauro, Quirón, casado con la ninfa Charikló, era hijo de Filira y de Cronos, y el otro centauro benéfico, Folos, era hijo de Sileno y una Melíade. Los demás centauros, que lucharon contra los lapitas según el mito, eran hijos de Ixión y Nefele, la Nube, y eran seres dañinos y violentos.Pelias, entretanto, desazonado por su mala acción, interrogó al oráculo sobre su suerte futura. La respuesta fue escueta y clara: "Desconfía del hombre con una sola sandalia". Cuando Jasón cumplió veinte años, se encaminó a Yolkos a reclamar el trono de su padre. Al atravesar un caudaloso río, éste le arrebató una de sus sandalias. Jasón continuó, pues, su camino con una lanza en cada mano, pero con una sola sandalia en el pie derecho, y el izquierdo, descalzo. Al llegar a Yolkos, Pelias estaba ofreciendo un sacrificio en la plaza pública y, al verlo, se sobresaltó y, aún sin saber quién era, pero temiéndoselo, le pregunto: ¿Qué harías tú, joven, si el oráculo te hubiese predicho que morirías a manos de uno de los tuyos?". Y Jasón, inspirado por Hera, respondió al momento: "Lo enviaría a buscar el vellocino de oro", que equivalía a mandar a alguien a buscar una aguja en un pajar. Entonces Pelias le prometió solemnemente darle el trono si se lo traía. Jasón, pues, tras aceptar el trato, envió heraldos a todas las ciudades de Hélade, invitando a quienes le quisiesen acompañar, aunque nadie sabía dónde se encontraba el vellocino de oro. Se inscribieron muchos jóvenes, todos con afán de aventuras y todos héroes míticos, conocidos por sus hazañas. Entre ellos estuvieron: Hércules y los Dióscuros Cástor y Pólux, hijos de Zeus; Zetes y Kalais, hijos de Bóreas; Orfeo, el músico divino, inventor de la cítara y la lira, que amansaba las fieras, apaciguaba las tempestades, hacía inaudibles los cantos de las sirenas y conmovía hasta a los árboles y a las piedras; Echión, Euritos y Etalides, hijos de Hermes, el último de los cuales, enrolado como heraldo de los expedicionarios, al decirle su padre que le pidiese lo que quisiese, menos la inmortalidad, le pidió, y obtuvo, el acordarse de todas las vidas y acontecimientos que su espíritu viviese a lo largo de su evolución. El navío que se construyó para la expedición, llamado Argos, lo fue bajo la dirección de Atenea; Hera fue la madrina y la proa se talló por la propia Atenea de un trozo de la encina profética de Dodona y podía, por tanto, hablar y profetizar; la madera era toda de la mejor. Fue botado tras un sacrificio a Apolo y el adivino Idmón, enrolado como tal, predijo que él no regresaría, a pesar de lo cual, se embarcó. La primera escala fue la isla de Lemnos, donde sólo encontraron mujeres. Esto requiere, lógicamente, una explicación y es ésta: Como, al parecer, las mujeres de Lemnos no ofrecían suficientes sacrificios a Afrodita, ésta las había castigado con un hedor que despedían sus cuerpos y que hacía que sus maridos prefiriesen a las esclavas tracias. Las mujeres, indignadas, mataron a todos los hombres de la isla. Y, en esa tesitura, poco después, llegaron los argonautas que, naturalmente, fueron muy bien recibidos. Al zarpar los argonautas de Lemnos, aunque algunos prefirieron quedarse, se dirigieron a Samotracia donde, por consejo de Orfeo, se iniciaron en los Misterios. Luego entraron en el Helesponto y llegaron a la isla de Kizikos, cuyo rey, del mismo nombre y recién casado con la ninfa Klité, los acogió muy bien. Al día siguiente partieron, pero los vientos contrarios los empujaron de nuevo a las costas de la isla. Era de noche y los nativos, creyendo que se trataba de piratas, los atacaron. Jasón mató con su lanza al rey. Al amanecer se dieron cuenta del error. Durante tres días se celebraron los funerales y juegos fúnebres. Pero la
viuda, desesperada, se ahorcó. Y sus hermanas las Ninfas, lloraron tanto su muerte que dieron lugar a una fuente que lleva su nombre. La etapa siguiente les llevó a las costas de Misia, al este. Y sucedió que Hércules, durante la travesía, había roto uno de sus remos y fue al bosque a fabricarse otro. Entretanto, su acompañante, el efebo Hilai, se fue a buscar agua a la fuente. Al llegar a ella, las Ninfas, que estaban jugando, vieron al joven y quedaron tan prendadas de él que decidieron quedárselo para siempre. Con tal fin, pues, lo ahogaron. Hércules lo buscó sin éxito durante toda la noche. Y, al amanecer, aunque no estaba a bordo, aconsejados por Kalais, "el viento que sopla suavemente" y por Zetes, "el viento que sopla fuerte", los argonautas zarparon sin él. Hércules, creyendo que los raptores de su compañero eran los misios, les obligó a darle rehenes y a buscar al efebo. Y ello quedó durante siglos en la memoria y los ritos locales, pues cada año, los sacerdotes, en procesión, buscaban al joven, gritando tres veces el nombre de Hilai. El Argos llegó a Bebrikia, donde reinaba Amikós, que era un gigante, hijo de Poseidón, brutal y sanguinario. Había inventado el pugilato y mataba a puñetazos a todos los extranjeros. Al llegar, pues, los argonautas, los desafió. Poludeikes, uno de ellos, aceptó el reto y, con su agilidad y destreza, pudo vencer al gigante. Y como habían convenido que el vencido haría lo que pidiese el vencedor, le exigió que, en lo sucesivo, respetase a los extranjeros que a su reino llegasen. Al día siguiente partieron, pero los vientos los arrojaron a las orillas de Tracia, en el lado europeo del Helesponto. Allí dieron con el país de Fineus. Fineus era adivino pero, por haber revelado a los hombres los propósitos de los dioses, había recibido un doble castigo: Por un lado, quedó ciego y, por otro, apenas se sentaba a la mesa para comer, las Harpías le arrebataban los mejores bocados y, con sus deyecciones, inutilizaban el resto de la comida. Pidieron a Fineus que les hablase sobre el futuro de su viaje y éste, por un lado, accedió a decirles parte de él, sólo lo que les estaba permitido saber; y, por otro, les exigió que le liberasen de las Harpías. Se sentaron, pues, a la mesa y, apenas aparecieron éstas, Kalais y Zetos, dos de los argonautas que, por ser hijos de Bóreas tenían alas, las persiguieron y acosaron hasta que les arrancaron la promesa de dejar en paz a Fineus. Entonces éste les advirtió contra las Rocas Azules, a la entrada del Bósforo (paso del buey), escollos movibles que, al pasar un barco, se juntaban aplastándolo. Les aconsejó que soltaran antes una paloma. Si pasaba, ellos pasarían y, si no, deberían desistir del viaje. Llegados a las Rocas Azules, soltaron una paloma que logró pasar aunque las rocas, al juntarse, le arrancaron algunas plumas de la cola. El Argos, gracias a la música de Orfeo, que embelesó a las Rocas Azules pasó tras la paloma y tan sólo pudieron las rocas rozar un poco la popa. Desde ese momento las Rocas Azules quedaron fijas, ya que se habían mostrado ineficaces. Tras penetrar en el Ponto Euxino o Mar Negro actual, llegaron al país de los Mariandinos. Allí Idmón, el adivino que había predicho su propia muerte, la encontró durante una cacería al ser herido por un jabalí. Y, por fin, arribaron a Colchis. Era la meta. Jasón explicó a Aietes, rey de Colchis, su misión. Aietes era hijo del Sol y de la oceánida Perseis y a él es a quien, como recordaréis, Frixos había entregado el vellocino de oro. Aietes, si bien no se negó a darle a Jasón el vellocino, le puso tres condiciones. La primera, que, sin ayuda de nadie, pusiese el yugo a dos bueyes que tenía, regalo de Hefaistos, y a los que nadie había logrado uncir. Estos bueyes, de pezuñas de bronce, lanzaban llamas por las fosas nasales y resultaba imposible acercarse a ellos. La segunda, que labrase con esa yunta un campo y sembrase en él los dientes de dragón que Atenea le había dado. Y tercera, que se hiciese él mismo con el vellocino, custodiado por un dragón enorme. Pero ocurrió que Medea, hija de Aietes, se enamoró locamente de Jasón y, como era una maga consumada, le ayudó en sus tres pruebas. Primero le dio una pomada que impidió que se quemara con el fuego del aliento de los dos bueyes, a los que logró así uncir. Luego, le aconsejó tirar piedras a los gigantes que iban naciendo de los dientes de dragón que sembraba. Ello los confundió de tal modo que acabaron luchando entre sí y se dieron muerte unos a otros. Y, por fin, le dio un medio para, junto con la música de Orfeo, adormecer al dragón que custodiaba el vellocino, y Jasón pudo hacerse con él. Aietes y sus hombres, sin embargo, no dispuestos a perder el vellocino, atacaron a los argonautas, que se defendieron con valentía. En la lucha murió el hermano de Medea, lo cual hizo que su padre, se detuviese junto a su cadáver y diese tiempo a los Argonautas a zarpar. Continuaron éstos su viaje, remontando el río Istros, actual Danubio, que se consideraba unía el Mar Negro con el Adriático, yendo a parar a éste. Pero Zeus, disgustado por la muerte del hermano de Medea, lanzó una tremenda tempestad que desvió la nave. Entonces la proa profética se puso a hablar y dijo que la cólera de Zeus no se aplacaría hasta que todos los tripulantes fueran purificados por Circe, la maga, de la muerte del hermano de Medea. El Argos, pues, remontó el río Eridano, actual Po, y el Ródano y, a través de los países de los ligures y de los celtas, salió al Mediterráneo, costeó Cerdeña y atracó en la isla Aea, donde estaba Circe, que los purificó. El Argos atravesó luego el Mar de las Sirenas, en el que Orfeo, con su música, impidió que la tripulación escuchase sus mágicas melodías. Un solo marinero, Boutes, fue seducido por las sirenas y se lanzó al agua, perdiéndose. Pasó luego el Argos por el estrecho de Eskille y, a continuación, por las islas errantes, las Eólicas, actuales Islas Lípari, sobre las que se levantaba un humo negro. Luego, llegaron a Corfú, cuyo rey era Alkinoos y en cuyo palacio se casaron Jasón y Medea. Allí llegó también un ejército enviado contra ellos por Aietes para reclamar a Medea. Alkinoo decidió que, si Medea era aún virgen se la entregaría, pero si era ya la mujer de Jasón, no. Jasón, sin embargo, se apresuró a partir y se llevó a Medea. El ejército enviado en su busca, no atreviéndose a regresar a su patria sin ella, se estableció allí. El Argos se dio a la mar, pero fueron arrastrados por una tempestad hasta la costa de Libia. Allí tuvieron que transportar al Argos a hombros hasta el lago Tritonis donde, gracias al dios del lago, Tritón, hallaron una salida al mar y siguieron hasta Creta. En Creta, al desembarcar, se encontraron con el gigante Talos,
construído por Hefaistos y que fue un regalo de Zeus a Europa, después de raptarla adoptando la forma de un toro, y de llevarla a Creta, donde tuvo a Minos, a Sarpedón y a Radamantos. Talos era metálico e invulnerable, con una sola excepción: Una pequeña vena en la pierna, cubierta por una espesa piel. Recorría la isla tres veces cada día e impedía entrar a los extranjeros y salir a los nativos, sin el permiso de Minos, rey de la isla. Por eso Dédalo tuvo que escapar volando con su hijo Íkaro, como es sabido. Medea, con su magia, hizo ver visiones tan terroríficas a Talos que acabó rasgándose la vena en cuestión y muriendo. Entonces pudieron desembarcar y pasar la noche en Creta. Al día siguiente zarparon, pero se vieron envueltos en una oscuridad impenetrable. Jasón invocó a Fobos, o sea, a Apolo, para que les indicase el camino. El dios les envió un rayo de luz y gracias a él, pudieron ver cerquísima una de las Sporades y evitar ser destrozados por sus escollos. Allí echaron el ancla, descansaron y elevaron un santuario a Fobos. Por fin, llegaron a Yolkos con el vellocino de oro. Una vez éste en manos de Pelias, Jasón condujo el Argos a Corinto, donde lo consagró a Apolo, como exvoto.
ANALISIS DEL MITO
Vamos a tratar de ver qué se contiene, en un examen superficial, por supuesto, en los mitos de Ulises en Lípari y en la expedición de los Argonautas. Si enfocamos nuestra atención en ellos veremos que se trata de sendos viajes, siempre de retorno al hogar. Ulises, tras ganar la Guerra de Troya y los Argonautas, tras haber conquistado el Vellocino de Oro. Ese retorno al hogar, pues, no es otra cosa que la consecución de la meta: El retorno al Edén, la reconquista del Paraíso Perdido y del estatus perdido con él. Ambos relatos se refieren a los espíritus adultos, a los estudiosos, a los Iniciados, pues muchos fueron a la Guerra de Troya, pero pocos regresaron, y muchos fueron los convocados por Jasón para su empresa, pero pocos los que se decidieron. Porque, como dijo el propio Cristo: "Muchos son los llamados y pocos los escogidos". Recordad al joven rico del Evangelio, que no se atrevió a dejar sus riquezas y seguir al Maestro. Ulises, en el pasaje de las Lípari, fue víctima de una flaqueza de sus compañeros de viaje, que no estaban a su nivel y no tenían, por tanto, su información ni sus conocimientos. Él se durmió, es decir, dejó que sus compañeros dirigiesen la nave – sus propias vidas – ellos solos para que ejercitasen su discernimiento y aprendiesen, pero ellos fracasaron y estuvieron a punto de “perecer” bajo el poder de las aguas tempestuosas – las pasiones, el cuerpo de deseos – y tuvieron que recurrir a él, al iniciado. Y él los condujo a puerto seguro. ¡Qué cerca estamos de la escena evangélica en la que, navegando los apóstoles con Jesús por el lago de Genezaret, Jesús se durmió en la barca. Y se desató una tempestad. Y, cuando estaban a punto de naufragar, los apóstoles despertaron a Jesús diciéndole: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Y Jesús se levantó y calmó la tempestad. Y qué cerca estamos de ese Pedro, intentando caminar sobre las aguas, hundiéndose en ellas y pidiendo ayuda al Señor... Ni en uno ni en otro caso se habían dominado aún las pasiones. Curiosamente, al inicio del relato de los Argonautas se nos indica la época en que tuvo lugar el suceso, ya que el padre de Jasón, para morir, escogió el ser envenenado con sangre de toro, y los argonautas fueron en busca del vellocino de un cordero, lo cual nos dice claramente que se estaba entrando en la Era de Aries y había concluido la Era de Tauro, y sitúa, por tanto, los hechos en el tercer milenio a. C. Este pasaje es, pues, contemporáneo del relato Bíblico en el que Moisés, iniciador de la Era de Aries, al bajar del Monte Sinaí se encuentra con que su pueblo ha vuelto a la religión anterior, ya idolatría, y se ha construido, para adorarlo, un becerro de oro. La religión de Moisés, para la era de Aries, suprime el toro como símbolo de la deidad; incluso los sacrificios ya no serán de toros, sino de corderos. Y Cristo será llamado el Cordero de Dios. Pero como Cristo apareció cuando terminaba la era de Aries y estaba casi comenzando la de Piscis, captó a sus discípulos entre los pescadores y realizó pescas milagrosas y multiplicó los peces y, para los primeros cristianos, el pez era el signo distintivo. Pero, cuando decidió celebrar la Pascua, es decir, cuando nos habló de la próxima era, la de Acuario, dijo a sus apóstoles que fueran a Jerusalén y allí encontrarían a "un hombre con un cántaro de agua", el cual les conduciría adonde la Pascua tendría lugar. Y, curiosamente, un hombre con un cántaro de agua es el símbolo del signo astrológico de Acuario. Ambos pasajes, pues, el de la Odisea y el del Evangelio, están diciéndonos lo mismo. ¿Y qué significa el vellocino de oro? Es el vehículo del espíritu, que se desarrolla, sola y exclusivamente, mediante el servicio amoroso y altruista al prójimo. Él nos permite viajar por éste y por otros mundos y recuperar, por tanto, el Paraíso y el estatus perdido. Es el "cuerpo del alma" a que alude San Pablo y es el "traje de bodas" de que habla Cristo en su Parábola y, sin el cual, no se puede tomar parte en el "banquete de bodas". Pero, para conquistar ese Vellocino de Oro hace falta realizar un largo viaje, lleno de incidentes y de peligros: A los que osen emprenderlo, les saldrán al paso las tentaciones del sexo, representadas por la isla de Lemnos, llena de mujeres; y tendrán que iniciarse en los Misterios, como hicieron los Argonautas, antes de intentar atravesar el Helesponto, donde Helle cayó, vencida por sus pasiones, mientras su hermano Frixos continuaba su viaje iniciático; y cometerán errores y perjudicarán a otros como Kizikos y tendrán que arrepentirse y enmendar el yerro; y habrán de luchar con enemigos fuertes, como Amikós, el gigante pugilista; y se encontrarán con muchos Fineus, que han hecho o están haciendo mal uso de sus poderes y que sufren el castigo correspondiente; y tendrán que atravesar las Rocas Azules siguiendo el rastro de una paloma, símbolo de la pureza y la paz y el equilibrio espiritual; y, llegados a Colchis, aún tendrán que superar nuevas pruebas, siempre ayudados por el amor, y teniendo que despertar el lado femenino del hombre, representado por Medea, sin la cual hubiera fracasado todo el viaje. Y luego, ya con el Vellocino, los peligros seguirán, porque la evolución continúa y el hombre es un ser libre y la responsabilidad es cada vez mayor. Pero siempre será el amor el que, en última instancia, les ayudará a vencer. A lo largo de ese viaje, como hemos visto, unos morirán, como el adivino, que ya lo inició sin ninguna confianza; otros se perderán, como Hilai, el acompañante de Hércules; otros, como Hércules mismo, perderán el barco, distraídos con otros asuntos, y quedarán rezagados; hasta habrá quien oirá los cantos de las sirenas y se perderá arrojándose de cabeza en brazos de las pasiones como el marinero Boutos; y otros, al fin, conquistarán el vellocino de oro. Un largo viaje inspirado siempre por el deseo de retornar al hogar y alimentado por el amor.
El mito de la Expedición de los argonautas resumido es como sigue: Atamas, rey de Tebas y casado con Nefele, tuvo un hijo, Frixos, y una hija, Helle. Luego, habiendo repudiado a Nefele, se casó con Ino, con la que tuvo dos hijos más. Pero Ino, queriendo eliminar la competencia que los dos primeros hijos de su marido suponía para sus propios retoños, convenció a las mujeres del país para que tostasen el trigo destinado a la siembra. Lógicamente, ese año el trigo sembrado no germinó. Y Atamas, ante el problema, decidió consultar al oráculo de Delfos. Pero Ino sobornó a los emisarios que volvían con la respuesta para que dijesen que el oráculo había dicho que debían sacrificar a Frixos y a su hermana y con ello cesaría el problema. Cuando iban siendo conducidos al altar para ser sacrificados, su madre Nefele, les hizo llegar un cordero, regalo de Apolo, con la lana de oro y la facultad de volar y que, transportándolos por los aires, los libró de la muerte. Mientras volaban hacia oriente, Helle se cayó al mar, precisamente en el estrecho que, en su honor, se llamó desde entonces el Helesponto o "mar de Helle", hoy estrecho de los Dardanelos. Su hermano llegó sano y salvo a Colchis, en el Ponto Euxino, actual Mar Negro, donde su rey Aietes, le dio la mano de su hija Chalkíope. Frixos sacrificó el cordero a Zeus y ofreció su piel o vellocino de oro al rey, el cual lo consagró a Ares y lo clavó en una encina sagrada del bosque dedicado al dios. Años después, y en otro escenario, un tal Pelias despojó del trono a su hermano Aisón, que era el rey legítimo de Yolkos, como sucesor del padre de ambos, Kreteus, y lo condenó a muerte permitiéndole que escogiese el modo de morir. El condenado eligió morir envenenado con sangre de toro. Pero antes, temiendo por la vida de su hijo Jasón, aún niño, lo encomendó al centauro Quirón, el cual lo crió en plena naturaleza, como hizo con Aquiles, con los Dióscuros Cástor y Pólux, con Hércules, con Esculapio, con Aristeo, hijo de Apolo y de la ninfa Kirene, con Aktaión hijo de aquél, y con otros héroes griegos, y le dio una educación profunda y viril. Este centauro, Quirón, casado con la ninfa Charikló, era hijo de Filira y de Cronos, y el otro centauro benéfico, Folos, era hijo de Sileno y una Melíade. Los demás centauros, que lucharon contra los lapitas según el mito, eran hijos de Ixión y Nefele, la Nube, y eran seres dañinos y violentos.Pelias, entretanto, desazonado por su mala acción, interrogó al oráculo sobre su suerte futura. La respuesta fue escueta y clara: "Desconfía del hombre con una sola sandalia". Cuando Jasón cumplió veinte años, se encaminó a Yolkos a reclamar el trono de su padre. Al atravesar un caudaloso río, éste le arrebató una de sus sandalias. Jasón continuó, pues, su camino con una lanza en cada mano, pero con una sola sandalia en el pie derecho, y el izquierdo, descalzo. Al llegar a Yolkos, Pelias estaba ofreciendo un sacrificio en la plaza pública y, al verlo, se sobresaltó y, aún sin saber quién era, pero temiéndoselo, le pregunto: ¿Qué harías tú, joven, si el oráculo te hubiese predicho que morirías a manos de uno de los tuyos?". Y Jasón, inspirado por Hera, respondió al momento: "Lo enviaría a buscar el vellocino de oro", que equivalía a mandar a alguien a buscar una aguja en un pajar. Entonces Pelias le prometió solemnemente darle el trono si se lo traía. Jasón, pues, tras aceptar el trato, envió heraldos a todas las ciudades de Hélade, invitando a quienes le quisiesen acompañar, aunque nadie sabía dónde se encontraba el vellocino de oro. Se inscribieron muchos jóvenes, todos con afán de aventuras y todos héroes míticos, conocidos por sus hazañas. Entre ellos estuvieron: Hércules y los Dióscuros Cástor y Pólux, hijos de Zeus; Zetes y Kalais, hijos de Bóreas; Orfeo, el músico divino, inventor de la cítara y la lira, que amansaba las fieras, apaciguaba las tempestades, hacía inaudibles los cantos de las sirenas y conmovía hasta a los árboles y a las piedras; Echión, Euritos y Etalides, hijos de Hermes, el último de los cuales, enrolado como heraldo de los expedicionarios, al decirle su padre que le pidiese lo que quisiese, menos la inmortalidad, le pidió, y obtuvo, el acordarse de todas las vidas y acontecimientos que su espíritu viviese a lo largo de su evolución. El navío que se construyó para la expedición, llamado Argos, lo fue bajo la dirección de Atenea; Hera fue la madrina y la proa se talló por la propia Atenea de un trozo de la encina profética de Dodona y podía, por tanto, hablar y profetizar; la madera era toda de la mejor. Fue botado tras un sacrificio a Apolo y el adivino Idmón, enrolado como tal, predijo que él no regresaría, a pesar de lo cual, se embarcó. La primera escala fue la isla de Lemnos, donde sólo encontraron mujeres. Esto requiere, lógicamente, una explicación y es ésta: Como, al parecer, las mujeres de Lemnos no ofrecían suficientes sacrificios a Afrodita, ésta las había castigado con un hedor que despedían sus cuerpos y que hacía que sus maridos prefiriesen a las esclavas tracias. Las mujeres, indignadas, mataron a todos los hombres de la isla. Y, en esa tesitura, poco después, llegaron los argonautas que, naturalmente, fueron muy bien recibidos. Al zarpar los argonautas de Lemnos, aunque algunos prefirieron quedarse, se dirigieron a Samotracia donde, por consejo de Orfeo, se iniciaron en los Misterios. Luego entraron en el Helesponto y llegaron a la isla de Kizikos, cuyo rey, del mismo nombre y recién casado con la ninfa Klité, los acogió muy bien. Al día siguiente partieron, pero los vientos contrarios los empujaron de nuevo a las costas de la isla. Era de noche y los nativos, creyendo que se trataba de piratas, los atacaron. Jasón mató con su lanza al rey. Al amanecer se dieron cuenta del error. Durante tres días se celebraron los funerales y juegos fúnebres. Pero la
viuda, desesperada, se ahorcó. Y sus hermanas las Ninfas, lloraron tanto su muerte que dieron lugar a una fuente que lleva su nombre. La etapa siguiente les llevó a las costas de Misia, al este. Y sucedió que Hércules, durante la travesía, había roto uno de sus remos y fue al bosque a fabricarse otro. Entretanto, su acompañante, el efebo Hilai, se fue a buscar agua a la fuente. Al llegar a ella, las Ninfas, que estaban jugando, vieron al joven y quedaron tan prendadas de él que decidieron quedárselo para siempre. Con tal fin, pues, lo ahogaron. Hércules lo buscó sin éxito durante toda la noche. Y, al amanecer, aunque no estaba a bordo, aconsejados por Kalais, "el viento que sopla suavemente" y por Zetes, "el viento que sopla fuerte", los argonautas zarparon sin él. Hércules, creyendo que los raptores de su compañero eran los misios, les obligó a darle rehenes y a buscar al efebo. Y ello quedó durante siglos en la memoria y los ritos locales, pues cada año, los sacerdotes, en procesión, buscaban al joven, gritando tres veces el nombre de Hilai. El Argos llegó a Bebrikia, donde reinaba Amikós, que era un gigante, hijo de Poseidón, brutal y sanguinario. Había inventado el pugilato y mataba a puñetazos a todos los extranjeros. Al llegar, pues, los argonautas, los desafió. Poludeikes, uno de ellos, aceptó el reto y, con su agilidad y destreza, pudo vencer al gigante. Y como habían convenido que el vencido haría lo que pidiese el vencedor, le exigió que, en lo sucesivo, respetase a los extranjeros que a su reino llegasen. Al día siguiente partieron, pero los vientos los arrojaron a las orillas de Tracia, en el lado europeo del Helesponto. Allí dieron con el país de Fineus. Fineus era adivino pero, por haber revelado a los hombres los propósitos de los dioses, había recibido un doble castigo: Por un lado, quedó ciego y, por otro, apenas se sentaba a la mesa para comer, las Harpías le arrebataban los mejores bocados y, con sus deyecciones, inutilizaban el resto de la comida. Pidieron a Fineus que les hablase sobre el futuro de su viaje y éste, por un lado, accedió a decirles parte de él, sólo lo que les estaba permitido saber; y, por otro, les exigió que le liberasen de las Harpías. Se sentaron, pues, a la mesa y, apenas aparecieron éstas, Kalais y Zetos, dos de los argonautas que, por ser hijos de Bóreas tenían alas, las persiguieron y acosaron hasta que les arrancaron la promesa de dejar en paz a Fineus. Entonces éste les advirtió contra las Rocas Azules, a la entrada del Bósforo (paso del buey), escollos movibles que, al pasar un barco, se juntaban aplastándolo. Les aconsejó que soltaran antes una paloma. Si pasaba, ellos pasarían y, si no, deberían desistir del viaje. Llegados a las Rocas Azules, soltaron una paloma que logró pasar aunque las rocas, al juntarse, le arrancaron algunas plumas de la cola. El Argos, gracias a la música de Orfeo, que embelesó a las Rocas Azules pasó tras la paloma y tan sólo pudieron las rocas rozar un poco la popa. Desde ese momento las Rocas Azules quedaron fijas, ya que se habían mostrado ineficaces. Tras penetrar en el Ponto Euxino o Mar Negro actual, llegaron al país de los Mariandinos. Allí Idmón, el adivino que había predicho su propia muerte, la encontró durante una cacería al ser herido por un jabalí. Y, por fin, arribaron a Colchis. Era la meta. Jasón explicó a Aietes, rey de Colchis, su misión. Aietes era hijo del Sol y de la oceánida Perseis y a él es a quien, como recordaréis, Frixos había entregado el vellocino de oro. Aietes, si bien no se negó a darle a Jasón el vellocino, le puso tres condiciones. La primera, que, sin ayuda de nadie, pusiese el yugo a dos bueyes que tenía, regalo de Hefaistos, y a los que nadie había logrado uncir. Estos bueyes, de pezuñas de bronce, lanzaban llamas por las fosas nasales y resultaba imposible acercarse a ellos. La segunda, que labrase con esa yunta un campo y sembrase en él los dientes de dragón que Atenea le había dado. Y tercera, que se hiciese él mismo con el vellocino, custodiado por un dragón enorme. Pero ocurrió que Medea, hija de Aietes, se enamoró locamente de Jasón y, como era una maga consumada, le ayudó en sus tres pruebas. Primero le dio una pomada que impidió que se quemara con el fuego del aliento de los dos bueyes, a los que logró así uncir. Luego, le aconsejó tirar piedras a los gigantes que iban naciendo de los dientes de dragón que sembraba. Ello los confundió de tal modo que acabaron luchando entre sí y se dieron muerte unos a otros. Y, por fin, le dio un medio para, junto con la música de Orfeo, adormecer al dragón que custodiaba el vellocino, y Jasón pudo hacerse con él. Aietes y sus hombres, sin embargo, no dispuestos a perder el vellocino, atacaron a los argonautas, que se defendieron con valentía. En la lucha murió el hermano de Medea, lo cual hizo que su padre, se detuviese junto a su cadáver y diese tiempo a los Argonautas a zarpar. Continuaron éstos su viaje, remontando el río Istros, actual Danubio, que se consideraba unía el Mar Negro con el Adriático, yendo a parar a éste. Pero Zeus, disgustado por la muerte del hermano de Medea, lanzó una tremenda tempestad que desvió la nave. Entonces la proa profética se puso a hablar y dijo que la cólera de Zeus no se aplacaría hasta que todos los tripulantes fueran purificados por Circe, la maga, de la muerte del hermano de Medea. El Argos, pues, remontó el río Eridano, actual Po, y el Ródano y, a través de los países de los ligures y de los celtas, salió al Mediterráneo, costeó Cerdeña y atracó en la isla Aea, donde estaba Circe, que los purificó. El Argos atravesó luego el Mar de las Sirenas, en el que Orfeo, con su música, impidió que la tripulación escuchase sus mágicas melodías. Un solo marinero, Boutes, fue seducido por las sirenas y se lanzó al agua, perdiéndose. Pasó luego el Argos por el estrecho de Eskille y, a continuación, por las islas errantes, las Eólicas, actuales Islas Lípari, sobre las que se levantaba un humo negro. Luego, llegaron a Corfú, cuyo rey era Alkinoos y en cuyo palacio se casaron Jasón y Medea. Allí llegó también un ejército enviado contra ellos por Aietes para reclamar a Medea. Alkinoo decidió que, si Medea era aún virgen se la entregaría, pero si era ya la mujer de Jasón, no. Jasón, sin embargo, se apresuró a partir y se llevó a Medea. El ejército enviado en su busca, no atreviéndose a regresar a su patria sin ella, se estableció allí. El Argos se dio a la mar, pero fueron arrastrados por una tempestad hasta la costa de Libia. Allí tuvieron que transportar al Argos a hombros hasta el lago Tritonis donde, gracias al dios del lago, Tritón, hallaron una salida al mar y siguieron hasta Creta. En Creta, al desembarcar, se encontraron con el gigante Talos,
construído por Hefaistos y que fue un regalo de Zeus a Europa, después de raptarla adoptando la forma de un toro, y de llevarla a Creta, donde tuvo a Minos, a Sarpedón y a Radamantos. Talos era metálico e invulnerable, con una sola excepción: Una pequeña vena en la pierna, cubierta por una espesa piel. Recorría la isla tres veces cada día e impedía entrar a los extranjeros y salir a los nativos, sin el permiso de Minos, rey de la isla. Por eso Dédalo tuvo que escapar volando con su hijo Íkaro, como es sabido. Medea, con su magia, hizo ver visiones tan terroríficas a Talos que acabó rasgándose la vena en cuestión y muriendo. Entonces pudieron desembarcar y pasar la noche en Creta. Al día siguiente zarparon, pero se vieron envueltos en una oscuridad impenetrable. Jasón invocó a Fobos, o sea, a Apolo, para que les indicase el camino. El dios les envió un rayo de luz y gracias a él, pudieron ver cerquísima una de las Sporades y evitar ser destrozados por sus escollos. Allí echaron el ancla, descansaron y elevaron un santuario a Fobos. Por fin, llegaron a Yolkos con el vellocino de oro. Una vez éste en manos de Pelias, Jasón condujo el Argos a Corinto, donde lo consagró a Apolo, como exvoto.
ANALISIS DEL MITO
Vamos a tratar de ver qué se contiene, en un examen superficial, por supuesto, en los mitos de Ulises en Lípari y en la expedición de los Argonautas. Si enfocamos nuestra atención en ellos veremos que se trata de sendos viajes, siempre de retorno al hogar. Ulises, tras ganar la Guerra de Troya y los Argonautas, tras haber conquistado el Vellocino de Oro. Ese retorno al hogar, pues, no es otra cosa que la consecución de la meta: El retorno al Edén, la reconquista del Paraíso Perdido y del estatus perdido con él. Ambos relatos se refieren a los espíritus adultos, a los estudiosos, a los Iniciados, pues muchos fueron a la Guerra de Troya, pero pocos regresaron, y muchos fueron los convocados por Jasón para su empresa, pero pocos los que se decidieron. Porque, como dijo el propio Cristo: "Muchos son los llamados y pocos los escogidos". Recordad al joven rico del Evangelio, que no se atrevió a dejar sus riquezas y seguir al Maestro. Ulises, en el pasaje de las Lípari, fue víctima de una flaqueza de sus compañeros de viaje, que no estaban a su nivel y no tenían, por tanto, su información ni sus conocimientos. Él se durmió, es decir, dejó que sus compañeros dirigiesen la nave – sus propias vidas – ellos solos para que ejercitasen su discernimiento y aprendiesen, pero ellos fracasaron y estuvieron a punto de “perecer” bajo el poder de las aguas tempestuosas – las pasiones, el cuerpo de deseos – y tuvieron que recurrir a él, al iniciado. Y él los condujo a puerto seguro. ¡Qué cerca estamos de la escena evangélica en la que, navegando los apóstoles con Jesús por el lago de Genezaret, Jesús se durmió en la barca. Y se desató una tempestad. Y, cuando estaban a punto de naufragar, los apóstoles despertaron a Jesús diciéndole: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Y Jesús se levantó y calmó la tempestad. Y qué cerca estamos de ese Pedro, intentando caminar sobre las aguas, hundiéndose en ellas y pidiendo ayuda al Señor... Ni en uno ni en otro caso se habían dominado aún las pasiones. Curiosamente, al inicio del relato de los Argonautas se nos indica la época en que tuvo lugar el suceso, ya que el padre de Jasón, para morir, escogió el ser envenenado con sangre de toro, y los argonautas fueron en busca del vellocino de un cordero, lo cual nos dice claramente que se estaba entrando en la Era de Aries y había concluido la Era de Tauro, y sitúa, por tanto, los hechos en el tercer milenio a. C. Este pasaje es, pues, contemporáneo del relato Bíblico en el que Moisés, iniciador de la Era de Aries, al bajar del Monte Sinaí se encuentra con que su pueblo ha vuelto a la religión anterior, ya idolatría, y se ha construido, para adorarlo, un becerro de oro. La religión de Moisés, para la era de Aries, suprime el toro como símbolo de la deidad; incluso los sacrificios ya no serán de toros, sino de corderos. Y Cristo será llamado el Cordero de Dios. Pero como Cristo apareció cuando terminaba la era de Aries y estaba casi comenzando la de Piscis, captó a sus discípulos entre los pescadores y realizó pescas milagrosas y multiplicó los peces y, para los primeros cristianos, el pez era el signo distintivo. Pero, cuando decidió celebrar la Pascua, es decir, cuando nos habló de la próxima era, la de Acuario, dijo a sus apóstoles que fueran a Jerusalén y allí encontrarían a "un hombre con un cántaro de agua", el cual les conduciría adonde la Pascua tendría lugar. Y, curiosamente, un hombre con un cántaro de agua es el símbolo del signo astrológico de Acuario. Ambos pasajes, pues, el de la Odisea y el del Evangelio, están diciéndonos lo mismo. ¿Y qué significa el vellocino de oro? Es el vehículo del espíritu, que se desarrolla, sola y exclusivamente, mediante el servicio amoroso y altruista al prójimo. Él nos permite viajar por éste y por otros mundos y recuperar, por tanto, el Paraíso y el estatus perdido. Es el "cuerpo del alma" a que alude San Pablo y es el "traje de bodas" de que habla Cristo en su Parábola y, sin el cual, no se puede tomar parte en el "banquete de bodas". Pero, para conquistar ese Vellocino de Oro hace falta realizar un largo viaje, lleno de incidentes y de peligros: A los que osen emprenderlo, les saldrán al paso las tentaciones del sexo, representadas por la isla de Lemnos, llena de mujeres; y tendrán que iniciarse en los Misterios, como hicieron los Argonautas, antes de intentar atravesar el Helesponto, donde Helle cayó, vencida por sus pasiones, mientras su hermano Frixos continuaba su viaje iniciático; y cometerán errores y perjudicarán a otros como Kizikos y tendrán que arrepentirse y enmendar el yerro; y habrán de luchar con enemigos fuertes, como Amikós, el gigante pugilista; y se encontrarán con muchos Fineus, que han hecho o están haciendo mal uso de sus poderes y que sufren el castigo correspondiente; y tendrán que atravesar las Rocas Azules siguiendo el rastro de una paloma, símbolo de la pureza y la paz y el equilibrio espiritual; y, llegados a Colchis, aún tendrán que superar nuevas pruebas, siempre ayudados por el amor, y teniendo que despertar el lado femenino del hombre, representado por Medea, sin la cual hubiera fracasado todo el viaje. Y luego, ya con el Vellocino, los peligros seguirán, porque la evolución continúa y el hombre es un ser libre y la responsabilidad es cada vez mayor. Pero siempre será el amor el que, en última instancia, les ayudará a vencer. A lo largo de ese viaje, como hemos visto, unos morirán, como el adivino, que ya lo inició sin ninguna confianza; otros se perderán, como Hilai, el acompañante de Hércules; otros, como Hércules mismo, perderán el barco, distraídos con otros asuntos, y quedarán rezagados; hasta habrá quien oirá los cantos de las sirenas y se perderá arrojándose de cabeza en brazos de las pasiones como el marinero Boutos; y otros, al fin, conquistarán el vellocino de oro. Un largo viaje inspirado siempre por el deseo de retornar al hogar y alimentado por el amor.
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